BIOGRAFÍA DE GENIOS

Lord George Gordon Byron 

(1788-1824)

Paradigma del poeta romántico por excelencia, muy imitado y admirado en su tiempo, hoy se valora mucho más la mordacidad y la ironía de algunos pasajes de la obra de Lord Byron que su poesía inflamada y vehemente. Más que un poeta, el joven descendiente de una lejana aristocracia fue un verdadero personaje literario, más celebrado por su existencia errante y aventurera, esgrimida como un desafío a la pacata sociedad de su época que por la solidez esmerada de sus composiciones. De hecho, en un rincón de su prosa puede leerse: "¿Quién escribiría si tuviera algo mejor que hacer?"

 

LA NOBLEZA DEL COJO

   A los nueve años, con inaudita precocidad, George Gordon, ya lord Byron dado que su padre había muerto hacía seis años, entabló amores prohibidos con una joven escocesa, inaugurando de ese modo la escandalosa serie de provocaciones que habrían de terminar por condenarle al exilio de Inglaterra. También desde muy joven dio pruebas de sobresalientes facultades para los ejercicios deportivos, pese a que arrastraba la desventaja de un pie deforme desde su nacimiento.

   De la gran nobleza de su corazón deja constancia a sí mismo una anécdota sucedida en el Colegio de Harrow, donde cursó sus estudios entre 1801 y 1805, año en que lo abandonó para ingresar en la Universidad de Cambridge. Allí fue condiscípulo de un altanero pero triste muchacho llamado Robert Peel que recitaba versos melancólicos y se refugiaba a menudo en una impenetrable soledad. Su actitud extraña y poco comunicativa no hizo sino desatar la crueldad de sus compañeros, que a menudo le gastaban bromas desagradables y en una ocasión llegaron a propinarle una ensañada paliza. A esta última escena asistió el adolescente Byron, quien, viendo que Robert se retorcía de dolor a causa de los bastonazos, se decidió intervenir. Pero como tras una elemental evaluación de las fuerzas en conflicto, el joven se convenció enseguida que nada podría contra el grandulón que lideraba a los gamberros, se interpuso delante de él muy dignamente y le preguntó cuántos golpes pensaba atizarle a Robert Peel. Como el verdugo le respondiese con insolencia que por qué quería saberlo, le dijo que le rogaba que dividiese por dos el número y que le diese la mitad de los azotes a él.

   No dejó de conmover este gesto a los colegiales, que acabarían por ser seducidos, como tantos otros hombres y mujeres que conocería el poeta a lo largo de su vida, por el indomable carácter de este muchacho de catorce años, quien con su determinación logró aliviar las penas de Robert Peel, más tarde una de las primeras figuras parlamentarias de Inglaterra.

 

VIAJE A LA LIBERTAD

   Sus primeros pinitos como poeta constituyeron un estruendoso fracaso. Tras la publicación de un hatillo de triviales poemas bajo el título de Horas de ocio, la prestigiosa revistaEdimburgh Review se despachó a gusto contra el escritor novel. No obstante, lejos de descorazonarse, el maltrecho poeta dejó paso a un prosista de genio para perpertrar una violenta sátira contra quienes le habían denostado, y compuso el gracioso ensayo Bardos ingleses y críticos escoceses.

   Al alcanzar la mayoría de edad, después de haberse impregnado hasta la médula de amor por los clásicos griegos, Lord Byron ocupó el escaño que le correspondía en la Cámara de los Lores; pero a él no le cautivaba lo más mínimo brillar en el ejercicio de la elocuencia parlamentaria, sino que sentía un irreprimible deseo de ver mundo y conquistar lejanos horizontes. Quien encarnaría mejor que nadie el espíritu de libertad y rebeldía y quien habría de consagrar su vida y su obra a la exaltación de la grandeza del individuo emprendió entonces un fecundo viaje por Europa. Quedó encantado con España, con Portugal, con Grecia, con Turquía... y en esos lugares, a la sazón exóticos para un viajero inglés, encontró la inspiración para publicar un extenso poema que le dio una repentina celebridad y le ganó un reconocimiento incondicional, La peregrinación de Childe Harold, un curioso documento sobre su experiencia viajera. Igualmente se entregó después a la confección de poemas con argumento medieval y oriental, muy en boga en la época pero que el paso de los años ha perjudicado ostensiblemente y que para el lector actual constituyen ejercicios tan rancios como artificiales. Es el caso de La desposada de Abydos, Lara, El infiel, Melodías hebreas, El sitio de Corinto, etc. Los temas se centran a menudo en leyendas heroicas, como en el caso de El Corsario o Mazeppa, esta última recreación de la brillante figura de un jinete, atado como represalia y venganza de sus enemigos a su caballo, pero que en su formidable galope termina por alcanzar una libertad más alta.

 

EL DONJUÁN BRITÁNICO

   A Lord Byron, casado y separado al cabo de un año, se le suponen amores incestuosos con su hermanastra y se le conocen muchísimas amantes. No hay duda de que desde su adolescencia se ganó a pulso la fama de irresistible donjuán. Con tan escandalosos antecedentes, la opinión pública de su país no pudo soportar que se separara de su esposa y su pequeña hija, y la prensa lo trató con dureza e injusticia, publicando falsas acusaciones y calumnias, lo que terminaría por provocar su exilio y no haría sino enriquecer ese mito de poeta cosmopolita, itinerante y siempre insatisfecho con que luego lo aureoló la fama. Sus propios escritos avalan con arrogancia esta leyenda, y en un lugar recuerda que "todos los vicios, sin excluir los más monstruosos, se me atribuyen; mi nombre, ilustre desde que mis antepasados ayudaron a Guillermo de Normandía a conquistar el reino, fue deshonrado. Comprendí entonces que si lo que se murmuraba, insinuaba o susurraba era cierto, yo era indigno de Inglaterra; pero siendo falso, Inglaterra era indigna de mí. Entonces me fui."

   Se fue efectivamente, a Bélgica, pero pronto pasó a Suiza donde estuvo un tiempo conviviendo con el famoso poeta, visionario y profético Percy Bysshe Shelley, con quien inmediatamente consiguió similar vena satánica y desaforada. Shelly, que murió apoteósica y románticamente durante una tempestad, era también un emigrado que había sufrido la expulsión de Oxford tras publicar un folleto que tituló La necesidad del ateísmo, y que igualmente había abandonado a su cónyuge y compartía por entonces su tormentosa existencia con la que sería su segunda mujer, Mary Goodwin, más conocida como Mary Shelley, al autora de Frankestein.

   Por cierto que son muy conocidas, auque no por ellos menos curiosas, las circunstancias en que Mary concibió esta romántica historia de miedo. Fue en Villa Diodati, cerca de Ginebra, la residencia junto al lago Leman de Lord Byron, en el verano de 1816. Allí estaban reunidos una serie de ilustres invitados y uno de ellos propuso como diversión un concurso en el que cada cual debería presentar una narración corta inspirada en los cuentos de fantasmas que estaban empezando a proliferar en Alemania. Aunque todos aceptaron al principio, incluidos Lord Byron y Shelley, sólo dos llegaron a componerlos. Además de Mary Goodwin, el otro autor fue el médico inglés de origen italiano John William Polidori, el secretario de Lord Byron, a quien éste ridiculizaba constantemente por sus aficiones y pretensiones literarias y que a causa de dichas humillaciones vivió ahogado en el rencor hasta convertirse en un paranoico. No obstante, el cuento del doctor Polidori no carecía de merito, e incluso, al parecer, estaba basado en una idea expuesta brevemente por Lord Byron. Titulado El vampiro, narraba los siniestros crímenes del malvado Ruthwen. Cuando tres años después fue publicado con la firma de lord Byron éste protestó enérgicamente. Sumido en el más absoluto desconsuelo, el aperreado secretario se suicidó a los veintiséis años de edad.

   Por aquel entonces el poeta mantenía relaciones amorosas con la hermanastra de Mary, Claire Clairmont, quien incluso le dio una hija llamada Allegra. Pero tres años más tarde, en 1819, y tras vivir un buen número de fugaces aventuras licenciosas, ya se ha convertido en el amante de la joven condesa Guiccioli, con la que, inesperadamente aburguesado, vivió primero en Venecia y luego en Rávena, y ha comenzado a componer su largo poema, a medias grave y a medios bufo, titulado Don Juan, donde el héroe español lleva una vida pintoresca y transeúnte, jalonada de lances voluptuosos y también chuscos.

 

EPOPEYA FINAL

   En 1823 Lord Byron emprendió su último viaje, esta vez movido por el más noble, descabellado y glorioso de los proyectos, el de convertirse en combatiente de la libertad de Grecia contra los turcos en homenaje a su inveterado amor por la Antigüedad. Buscando acaso una muerte heroica, falleció en efecto en la tierra de los filósofos y de los dioses olímpicos, pero no en el fragor de la guerra, sino a consecuencia de la peste.

   Muchos años antes había dado pruebas de inconsciente temeridad al cruzar a nado el Bósforo, el antiguo Helesponto que separa Europa de Asia, remedando con alarde de plusmarquista la hazaña del enamorado Leandro, que para visitar a la bella Hero, sacerdotisa de Afrodita, cruzaba cada noche el estrecho a nado guiándose sólo por una antorcha que su amante situaba en lo alto de una torre.

   Byron no ignoraba, sin embargo, que la luz se había extinguido en una ocasión y que Leandro, perdido en la oscuridad, se ahogó; su cadáver quedó a merced de las olas y terminó por ser arrojado a los pies de la torre, lugar desde donde lo divisó Hero y desde donde se lanzó al vacío por no poder soportar el dolor de la pérdida.

   Descabellado romanticismo y cierta atracción abisal por la necrofilia parecen darse la mano en este poeta asombroso que, al día siguiente de cumplir los treinta y tres años, compuso un epitafio de sí mismo. "Aquí yace enterrado en la eternidad del pasado, en la que no hay resurrección para los días, aunque pueda haberla para las cenizas, el trigésimo tercer año de una vida mal empleada, que tras una larga enfermedad de varios meses ha caído en letargia y expirado el 22 de enero de 1821."

   Sobrevivió algunos años a este morboso disparate, pero no llegó a alcanzar los cuarenta, tal vez porque no lo deseaba o porque proféticamente quiso erigirse en el símbolo inmortal de los jóvenes poetas malogrados.

 



 

Pablo Picasso

(1881-1973)

Pablo Ruiz Picasso es el pintor más representativo del siglo XX. Su extraordinaria imaginación, su sentido de la libertad creadora y su dominio de las más diversas técnicas pictóricas han dado como fruto una de las obras más geniales de la pintura universal. Aunque también Giotto, Miguel Angel o Bernini marcan el comienzo de una época de cambios, nunca, ni ellos ni ningún otro artista, fue capaz de transformar tan radicalmente la naturaleza del arte como lo hizo Picasso.

   Los admiradores de Picasso, que son legión. Conocen por la menuda las incidencias de la biografía del genio y saben de su vida itinerante, desde Málaga a La Coruña, de aquí a Barcelona, luego París, más tarde Antibes… También conocen sus escándalos amorosos, se asombran de su portentosa vitalidad, recuerdan sus declaraciones provocativas, lo identifican con su militancia en el Partido Comunista y, naturalmente, no ignoran la versatilidad de su arte, tanto en las técnicas que empleó -óleos, aguatintas, dibujos, escenografías teatrales, esculturas, cerámicas, collages, etc.- como en los numerosos estilos que practicó a lo largo de su longeva existencia, sustituido uno por otro a capricho, sin remordimiento, con un sentido de la libertad creadora que acabaría por convertirlo en el artista más representativo del siglo XX. Pero acaso constituya para muchos curiosos una pequeña sorpresa saber que Picasso también ejerció de literato, y entre sus obras se cuentan dos piezas teatrales -El deseo atrapado por la cola, escrita en cuatro días de enero de 1941, y Las cuatro doncellitas, una desenfadada comedia de 1952-, así como algunos poemas rebosantes de audacia. Valgan como muestra estos versos de 1935, donde se descubre su españolísima afición a los toros, tema ominipresente así mismo en su pintura y sus grabados, desde el célebre Guernica hasta la serie de aguatintas de 1957 titulada Tauromaquia:

"recogiendo limosnas en su plato de oro vestido de jardín
aquí está ya el torero
sangrando su alegría entre los pliegues de la capa
y recortando estrellas con tijeras de rosas."

 

EL PINTOR RECIBE LA ALTERNATIVA

   Picasso recibió las primeras lecciones artísticas de su padre, José Ruiz Blasco. Este modesto profesor de dibujo pronto descubrió la maravillosa facilidad del muchacho y se cuenta que un día, tras comprobar que Pablo había ejecutado a la perfección unos ejercicios que le había encomendado, con poca contenida emoción le regaló sus pinceles y su paleta y se decidió a abandonar para siempre la pintura. Esta significativa anécdota, en la que el joven pintor, como los toreros, recibía la alternativa de manos de un experimentado maestro de la lidia, sucedía en la Coruña, donde la familia se había trasladado en 1891, diez años después de que Picasso naciera en Málaga, a las nueve y media de la noche de un 25 de octubre.

    No obstante, los Ruiz no tardarían tampoco en abandonar la ciudad gallega, y ya en 1895 se instalan en Barcelona, a cuya Escuela de Bellas Artes ha sido destinado el cabeza de familia como profesor y donde prosigue sus estudios el joven Pablo. En estos años todavía de aprendizaje traba amistad con artistas catalanes de su generación, como Manuel Pallarés y Grau, Torres García o el escultor Manolo, con quienes forma un círculo artístico que se reúne en un café recién bautizado con el nombre de "Els 4 Gats" (Los cuatro gatos).

    El más célebre cuadro de aquella época es un óleo de gran tamaño, excelente técnica y bastante académico, conocido como Ciencia y caridad, que en 1897 recibió una Mención Honorífica en la Exposición de Bellas Artes de Madrid. Pese a este éxito precoz, que parecía augurar una convencional y brillante carrera, es precisamente entonces cuando Picasso, por influencia del impresionismo francés que le ha llegado a través de artistas catalanes como Rusiñol, Casas o Nonell, se decide a romper con los viejos corsés estilísticos y ya ganando en libertad de expresión y explorando sus singulares dotes artísticos. También aquel mismo año de 1897 mantiene un romance fugaz, que duró lo que duró el veraneo en Málaga, con su prima Carmen Blasco.

 

EL CREADOR DEL CUBISMO

   En 1904 se instala en París, pero sus comienzos en la seductora capital del arte son muy duros, y en ocasiones no encuentra compradores para sus telas y acaba por quemar sus dibujos y estudios para no helarse de frío en su pobre habitación alquilada. En estas penosas circunstancias llega a un acuerdo con el industrial catalán Pedro Mañach, quien le ofrece ciento cincuenta francos mensuales a cambio de toda su producción, y por entonces nace su primer estilo personal, la llamada época azul, ese desfile de equilibristas, arlequines y otros personajes excéntricos que constituyen una soberbia galería de retratos, uno de los cuales, el de la escritora vanguardista Gertrude Stein, suscitó la perplejidad de la modelo, que reprochó al pintor que el cuadro no se le parecía, a lo que Picasso respondió: "No se preocupe, ya se parecerá". Poco después, su insolencia y creatividad llegaron al paroxismo con Les demoiselles d´ Avignon, cuadro su supuso la superación del impresionismo y el inicio de la revolución artística picassiana. Es una pintura que une ciertas huellas del arte primitivo africano con la sutil presencia de las formas greco-ibéricas, y que fue incomprendida por sus más allegados, lo cual hizo que Picasso la archivara en su taller. Sin embargo abrió el camino que el pintor transitó inmediatamente después, el cubismo, el estilo que hizo furor durante la segunda década del siglo XX y al que se convirtieron enseguida George Braque, Juan Gris y Ferdinand Léger.

 

LOS AMORES DEL GENIO

   Para entonces la situación económica de Picasso es mucho más desahogada pero su vida sentimental permanece tan voluble como lo será siempre. De hecho, en 1911 rompe sus relaciones con su amante oficial, Fernande, y comienza un apasionado idilio con Eve, malogrado precozmente por el fallecimiento de la enfermiza muchacha cuatro años después. Después, la lista conocida de las posteriores mujeres de Picasso es larga. La encabeza su esposa Olga Koklova, bailarina de los ballets rusos que actuaban por aquella época en París, con la que contrajo matrimonio en 1918 y de la que tuvo un hijo, Pablo, en 1921. Poco a poco estas relaciones fueron deteriorándose, y en 1927 conoce a la joven de diecisiete años Marie Thèrése-Walter, quien propiciará que el pintor inicie una doble vida que se refleja tanto en la nueva sensualidad de su pintura como en la violencia de su arte, hija esta última también, naturalmente, de las terribles amenazas que se ciernen sobre la Europa prebélica. De 1935, por ejemplo, data su gran composición titulada Minotauromaquia, donde reúne elementos de la mitología mediterránea -el toro otra vez- y aparece una mujer violada ante espectadores indiferentes. Dos años después esta figura desencajada del toro se halla igualmente presente en el más celebrado de sus cuadros, el Guernica, realizado desde la indignación por el bombardeo de la aviación nazi, al servicio de la causa del general Franco, de una pequeña aldea vasca.

    Pero el estímulo de Marie Thèrése, a quien llegó a poner un piso en el Boulevard Henri IV, sólo le duró hasta 1936, poco tiempo después de que diera a luz a la hija de ambos, Maia. Picasso conoció entonces a Dora Maar, amiga del poeta Paul Eluard, que era de origen croata, pero que hablaba muy bien castellano porque había nacido en Argentina. Mantuvo relaciones con ambas durante algún tiempo, aunque pronto se fue a vivir con Dora y con ella permaneció los dolorosos años de la guerra civil española y de la Segunda Guerra Mundial.

    Precisamente en 1945, año del final de la contienda, Dora fue sustituida por una muchacha de veintitrés años que quería ser pintora y que se llamaba Françoise Gilot, la cual le daría dos hijos, Claude en 1947 y Paloma en 1949. La conoció una noche durante una cena en el restaurante Le Catalan, donde Picasso estaba acompañado por Dora y por la vizcondesa de Noailles. Ello no impidió que el artista, impresionado por la gracia deslumbrante de la bella desconocida, le hiciera enviar a su mesa un frutero lleno de cerezas.

   Pese a tan románticos comienzos y a los muchos días de felicidad que vivieron juntos, Françoise Gilot declaró en 1953 que estaba harta de "vivir con un monumento nacional" y lo abandonó, de modo que Picasso hubo de buscar, y no tardó en encontrar, una nueva compañera sentimental. Esta fue Jacqueline Roque, con la que pasó los últimos diecinueve años de su vida y de la que el historiador del arte Alexandre Cirici, que conoció a la pareja, escribió: "Jacqueline era muy diferente de las otras: no era ni la atractiva Fernande, ni la bonita Eve, ni la elegante Olga, ni la deportiva Marie Thèrése, ni la brillante Dora, ni la joven y alegre Françoise. Era una mujer no muy alta, de cabellos negros, reposada, que vendía cerámica en una tienda y que comprendió que sería una buena colaboradora y una compañera eficiente".

 

CONSAGRACIÓN Y MITO

   A Jacqueline no pareció importarle demasiado vivir con un "monumento nacional", con ese genio prolífico que en los últimos años de su vida asistió, probablemente divertido, a su propio endiosamiento. Aclamado como el gran animador de las vanguardias, Picasso vivía al final en la opulencia. Todo lo que tocaban sus lápices, como en el caso del rey Midas, se convertía en oro. En 1955, el magnífico director de cine francés Henri-Georges Clouzot realizó una película titulada Mystère Picasso que vino a acrecentar más si cabe la fama del creador del cubismo. Además, en 1957 se le dedicaba una gran retrospectiva en Nueva York, en 1960 se abría el Museo Picasso en Barcelona y en 1966 tenía lugar una importante exposición de homenaje en París. Mientras tanto, Picasso estaba en disposición en 1958 de adquirir un lujoso castillo en Vauvernagues para sumarlo a su residencia señorial en Cannes, y desde 1961 pudo residir tranquilamente en su casa de campo de Nôtre-Dame-de-Vie, en Mougins. Allí acabó sus días el 1 de abril de 1973 a los 91 años, pero hasta el último momento mantuvo una actividad creadora febril, y precisamente en esa época postrera es cuando su obra muestra una mayor alegría de vivir, un erotismo más radiante y un universo personal más inocente y feliz. Su himno a la libertad, a veces elevado con agresividad y resentimiento, en el fragor de las batallas y entre las ruinas de las guerras, se entonaba por último con limpia esperanza, profetizando un paraíso terrenal de ninfas y sátiros en gozosa armonía con una naturaleza providencial.





 

Mohandas Gandhi


(1869-1948)


 

   "Ha demostrado que se puede reunir un poderoso séquito humano, no sólo mediante el juego astuto de las habituales maniobras y trampas políticas, sino también con el ejemplo convincente de una vida moralmente superior. Quizás las generaciones venideras duden alguna vez de que un hombre semejante fuese una realidad de carne y hueso en este mundo." Fue el padre de la teoría de la relatividad, Albert Einstein, quien expresó la admiración que le producía la figura de Gandhi con estas acertadas palabras.

   Ciertamente, si bien Gandhi no fue el fundador de ninguna religión, el ascendiente que ejerció sobre sus contemporáneos tuvo un carácter moral y casi religioso, una dimensión espiritual que sólo encontramos en los antiguos profetas, a los cuales igualó en carisma y poder de convocatoria. En este sentido, el papel de Gandhi en la historia del siglo XX no sólo se circunscribe a su influencia en el proceso de independencia de la India o a su testimonio como pacifista, sino que su ascetismo y su idealismo práctico marcaron un hito en un mundo caracterizado por la crisis de los valores del espíritu. Aunque fue sólo un hombre deseoso de perfeccionarse a sí mismo y a sus semejantes, Gandhi acabó siendo venerado y secundado como un santo, y un fanático lo convirtió en mártir al disparar sobre su cuerpo escuálido, semidesnudo e inerme.

 

CASADO A LOS TRECE AÑOS

   El origen de ese ideal de perfeccionamiento que Gandhi persiguió durante toda su vida se encuentra, sin duda, en las creencias de sus padres, pertenecientes a la secta visnuita y a la vez respetuosos de los principios del jainismo. Para los adoradores de Visnú, el dios benevolente y místico del hinduismo, la fuerza espiritual de un hombre depende de su ascetismo, de la pureza de su corazón y de su capacidad para perdonar las injurias y autodisciplinarse; en cuanto al jainismo, doctrina fundada por Vardhamana Mahavira, se asienta en cinco preceptos fundamentales: no hacer daño a ningún ser vivo, decir siempre la verdad, no apropiarse de nada ajeno, permanecer despegado de los bienes materiales y ser casto. Este ideario debió de calar muy hondo en la conciencia del niño Mohandas Karamchand, el benjamín de la familia Gandhi, nacido en Porbandar, en la región india de Gujarat, el 2 de octubre de 1869. Karamchand Gandhi, su padre, era un abogado de cierto renombre casado cuatro veces; su última esposa, Pulitbai, fue la madre de Mohandas.

   La infancia y la primera adolescencia de Mohandas transcurrieron caracterizadas por tres hechos: la veneración que sentía hacia sus padres, la mediocridad con que sacó adelante sus estudios y lo apocado de su carácter. Contaba trece años cuando, según los usos y tradiciones del país, se llevó a cabo la ceremonia de su matrimonio, concertado seis años antes, con Kasturbai Makanji, que tenía su misma edad. Con el paso del tiempo, Kasturbai se transformó en una mujer sencilla, tenaz y reservada, quien, siempre en la sombra, nunca dejaría de ser el más firme apoyo para su marido en los momentos difíciles.

   En 1887 Gandhi aprobó en Ahmadabad, capital de Gujarat, el examen que le abría la puerta de los estudios superiores y de la universidad. Se había convertido en un alumno aplicado y sus preferencias se inclinaban hacia la Medicina, pero era preciso contar con la opinión de sus familiares. Todos le dieron a entender que un visnuita como él no podía ejercer una profesión en la que se practicaba la disección y se infligía dolor a seres vivos, aunque fuera para sanarlos. Puesto que el padre de Gandhi acababa de morir, lo mejor era honrar su memoria siguiendo sus huellas; debía estudiar abogacía, y la forma más rápida y eficaz de hacerlo era ir a Inglaterra.

 

UN ABOGADO DEMASIADO TÍMIDO

   En Londres, Gandhi se propuso metamorfosearse en un verdadero gentleman inglés. Encargó varios trajes, adquirió un costoso sombrero de copa, aprendió a hacerse el nudo de la corbata y, para que no sólo su aspecto y su indumentaria fuesen adecuados, quiso también refinar su comportamiento tomando clases de baile y de dicción. Pero lo más importante de la época pasada en la metrópoli no fue este empeño más o menos ridículo, ni siquiera su paso por la universidad, sino el descubrimiento de dos libros que con el tiempo llegarían a ser la base de sus concepciones religiosas y de sus metas espirituales: el Bhagavadgita y la Biblia.

   Gandhi leyó el Bhagavadgita por primera vez a los veinte años, experimentando cierto sentimiento de vergüenza por hacerlo tardíamente y en el extranjero. Este libro, que es para el hindú lo que el Antiguo Testamento para los judíos o el Corán para los musulmanes, forma parte del monumental poema épico titulado Mahabharata y contiene un diálogo teológico-filosófico entre el dios Krisna y el héroe Arjuna. En él, Gandhi encontró formulados muchos de los problemas morales que le preocupaban, y se impregnó del espíritu de lucha que emanaba de sus páginas.

   Del mismo modo le fascinaron ciertos pasajes bíblicos del Nuevo Testamento, en especial unas frases del Sermón de la Montaña que guardaría siempre en su memoria: "Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; a quien te hiere en una mejilla, preséntale también la otra, y a quien te quitare la capa, ofrécele la túnica."

   El 10 de junio de 1891 Gandhi conseguía el título de abogado y dos días después se embarcaba para su patria. De regreso en la India se dispuso a ejercer su profesión y lo intentó en Bombay y Rajkot, pero su desconocimiento del derecho hindú y su proverbial timidez, que le impedía hablar en público durante los juicios, determinaron el fracaso de la empresa. Sin embargo, descubrió que poseía una capacidad poco común para redactar por escrito todo tipo de solicitudes y dictámenes referentes a cuestiones legales, así que cuando la firma Daba Abdulla & Co. pidió un consultor jurídico para su delegación en África del Sur, Gandhi se presentó sin dudarlo un momento.

 

RESISTENCIA PASIVA Y NO VIOLENCIA

   En África del Sur, las tensiones entre colonos ingleses y holandeses (bóers) estaban a punto de desembocar en una guerra civil. En medio de este clima, Gandhi fue testigo de la discriminación racial que pesaba sobre sus compatriotas y, al tiempo que se ganaba la vida practicando la abogacía, comenzó a desarrollar una intensa actividad pública tendente a defender los intereses de la comunidad india. Esto le llevó a fundar en 1894 el partido Natal Indian Congress y a convertirse en el principal dirigente político de los inmigrados hindúes. Cuando cinco años más tarde estalló la guerra entre bóers e ingleses, Gandhi se comprometió con éstos y organizó un cuerpo de ambulancias atendido por voluntarios hindúes. Por aquel entonces todavía consideraba al Imperio Británico como una institución providencial y protectora, y por consiguiente se puso a su disposición con total lealtad y entrega. Esta actitud se manifestaba en su atuendo y en su modo de vida: vestía a la moda europea, residía en un distrito elegante de Durban y tenía unos ingresos profesionales de cinco mil libras anuales.

 

 



 

Sigmund Freud


(1856-1939)

   Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, al poner al descubierto los íntimos secretos escondidos en la conciencia del hombre, cambió para siempre la imagen que éste tenía de sí mismo.

   Freud, uno de los hombres que más han escandalizado a las cabezas bienpensantes occidentales, uno de los padres de la cultura moderna, escribió un curioso libro titulado El chiste y su relación con lo inconsciente, donde analiza con circunspección y gravedad algunas humoradas que estaban en boca de todos por aquella época. Una de ellas es ésta, que puede aplicarse hoy sarcásticamente a su propio biografía: "Éste es un hombre que tiene un gran porvenir detrás de él". Y otra, la siguiente, en la que los ridiculizados protagonistas son de su propia y escarnecida raza. Dos judíos se encuentran cerca de un establecimiento de baños: "¿Has tomado un baño? -pregunta uno d ellos -.¿Cómo? - responde el otro- ¿falta alguno?"

   También lanzó Freud, como es sabido, la fecunda conjetura de que la mente podría ser mejor comprendida si diferenciásemos entre el yo, o la imagen externa que presentamos a los demás, el superyó, o la autoridad interiorizada, y el ello, o el instinto. La explicación de estas tres instancias es por supuesto mucho más compleja que esta deliberada simplificación, y es de hecho tan compleja que incluso ha suscitado algunas cuchufletas, como la famosa greguería de Ramón Gómez de la Serna: "Frente al yo y al superyó está el qué se yo."

   Caricaturizados y combatidos por sus contemporáneos cuando se atrevieron a exponer sus avanzadas teorías sexuales, Freud y sus seguidores han  sido luego objeto de chanza en numerosas películas de Hollywood, donde son asiduos los psicoanalistas estirados y cómicos. Pero con todo ello no han hecho sino aquilatarse y difundirse las hipótesis revolucionarias de este obsceno detective de la intimidad que cambió, acaso como ningún otro pensador en la Historia, la imagen que el hombre tenía de sí mismo.

 

EL NIÑO INCESTUOSO

   En 1848, acusado de simpatizar con la revolución de ese año, fue degradado el médico vienés Semmelweiss, pero en realidad se le postergaba por haber advertido que la fiebre puerperal, que mataba a las parturientas, era causada por las propias manos, no asépticas, de los médicos que asistían al parto, y esto muchos años antes de que esta afirmación insolidaria y antigremial fuera autorizada por los trabajos de Pasteur. Pocos años después, el futuro médico Sigmund Freud nació en una villa católica austríaca, Freiberg, en 1856, cuando se decía que el único medicamento del Hospital General de Viena era el aguardiente. Vino al mundo en el seno de una familia judía formada por el matrimonio en segundas nupcias de su padre Jakob, un hombre maduro que ya tenía un hijo casado, con su madre, la joven Amalie Nathanson. Freud, hijo de una edad pletórica de entusiasmo y de promesas, escribió una vez sobre el comportamiento de los hebreos en aquella época: "Todo escolar judío llevaba una cartera de ministro en su portafolios". Y es que ese tiempo en que un esteta llamado Theodor Herzl fundaba el sionismo, el viejo imperio de cartón piedra austrohúngaro iba camino de su desaparición, sentenciada finalmente con su derrota en la Primera Guerra Mundial; pero, mientras, se vivía a ritmo de vals, con frívola drespreocupación y como en un "alegre apocalipsis", según lo describió luego Hermann Broch. Los vieneses, pueblo siempre optimista y zumbón, no creían en aquello de "la situación es seria, pero no desesperada", sino que afirmaban ingeniosamente que la situación era desesperada, pero no seria. El pensamiento freudiano posterior no sería ajeno a esa atmósfera ilusoria e irracional, o como también escribió Broch, se erigió "contra esa atmósfera" que el propio Freud había caracterizado en una carta fechada en 1896 como "depresiva".

   Sus padres le habían puesto por nombre Sigismund, pero él lo abrevió y lo convirtió en Sigmund. La razón fue que por Sigismund era conocido un personaje cómico, muy popular por aquel entonce, que caricaturizaba ridículamente al judío rural. Aunque interpretando maliciosamente al Freud niño según las teorías que más tarde introduciría el Freud médico podría afirmarse que quiso matar un poco a su autoritario padre llevado por su deseo de poseer por entero a su bella y afectuosa madre, lo cierto, por supuesto, es que no lo hizo y, quizás para sublimar su frustrada líbido, aquel niño sensible y siempre curioso cursó brillantemente sus estudios en el Gymnasium Sperl, graduándose suma cum lade.

 

EL JOVEN MAGO

   En 1873 ingresó en la antisemita Universidad de Medicina de Viena para cursar una carrera que tardó ocho años en concluir, pero que le sirvió para que a los veintinueve años le fuera concedida una beca que le permitiría ampliar sus conocimientos de neuropatología asistiendo a las clases magistrales del gran Charcot en la clínica la Salpetriere de París.

   Jean Martin Charcot, indiscutible padre de la neurología contemporánea, se ocupaba de dos temas trascendentales e inéditos que comienzan con la letra h, el histerismo y la hipnosis, y éstos fueron los puntos de partida del joven Freud; aunque también un admirado otorrinolaringólogo metido a dramaturgo, Arthur Schnitzler, compatriota suyo, le dio la idea de la hipnosis como terapia eficiente para atender los trastornos psíquicos. Freud se atrevió más tarde a suponer que el desbocado comportamiento denominado clínicamente "histeria", de la raíz griega que significa útero, enfermedad tipificada como femenina desde antiguo por irrefutable testimonio de la etimología, era una enfermedad que afectaba así mismo al hombre, y la describió como debida a reminiscencias dolorosas, traumas casi olvidados, pero inopinadamente emergentes, que provocan bloqueos emocionales y crisis de ansiedad.

 

EL SEXO ENTRONIZADO

   Cabe creer incautamente que Freud sacó a la luz asuntos escabrosos, pérfidos, referidos a nuestros órganos predilectos e históricamente invisibles, que jamás antes se habían mentado, pero esto no es cierto. Sólo es verdad que con Freud el territorio de la psicología deja de ser un aburrido compromiso para pasar a constituir una fiesta inexcusable en la que estamos deseosos de participar, un discurso en el que toda persona está involucrada, una tentación que el hombre no ha dejado de reconocer jamás en sí y que sólo durante el puritano siglo XIX se imaginó que era una afrenta a la moralidad.

   Acusado injustamente de pansexualista y, según se dice, desertor del lecho conyugal desde los cuarenta años, Freud supuso, es cierto, que la neurosis podía tener su origen en la represión sexual de los enfermos, pero no que la generalizada insatisfacción sexual supusiera inequívocamente -aunque vaya usted a saber- la enfermedad generalizada. Desgraciadamente, esta sutil distinción no fue suficientemente aclarada y divulgada para la tranquilidad de las generaciones venideras, y quien más y quien menos, freudianamente, no sabe por dónde le da el aire desde que ha oído campanas sobre la libido, el lapsus, la sublimación, la transferencia, el superyó y cosas por el estilo.

   Sólo remotamente tiene la culpa de todo esto un hombre barbado, severo y bondadoso, que pasó su juventud sometido a estrecheces económicas y que escribió que deseaba "comprender algunos enigmas del universo y contribuir en algo en su solución", el cual, a su regreso a Viena, tras la experiencia con Charcot, se casó con la también judía Martha Bernays y comenzó a tratar la histeria de sus pacientes por medio de la hipnosis en colaboración con Josef Breuer. Este colega le abandonó cuando el psiquiatra vienés  pretendió que existía una sexualidad infantil, hipótesis lanzada cuando Freud tenía ya seis hijos pequeños y que cosechó toda suerte de sarcasmos entre la comunidad científica.

   Poco después, en 1903, fundó la Asociación de la Mesa Redonda con un grupo de discípulos entre los que se contaba uno de sus grandes continuadores heterodoxos, Alfred Adler, comenzó a impartir conferencias los sábados y poco a poco fue estableciendo las bases de lo que se llamó el psicoanálisis, que al principio era sólo un método para el tratamiento clínico de la neurosis, porque faltaba por definir el concepto de "libido", un impulso vital que incluye la sexualidad pero que no se reduce a ella y que gobierna las aspiraciones del individuo, y uno de sus motores fundamentales, "el principio del placer", reprimido con los años y las experiencias por el "principio de la realidad".

   En 1910  se fundó la Asociación Internacional de Psicoanálisis, pero pronto esta institución produciría cismas y disensiones, la primera la de Adler, en 1911, para quien el complejo de inferioridad era la causa más señalada de la neurosis, y luego la de Jung, en 1912, quien opinaba que la enfermedad tiene su origen en una suerte de subconsciente colectivo, un conglomerado de mitos, instintos y sentimientos arcaicos del que participa en mayor medida todo individuo. No obstante, las teorías freudianas fueron alcanzando paulatinamente gran predicamento, hasta el punto que en 1930 la Sociedad Médica de Viena, su encarnizada enemiga durante tantos años, lo nombró miembro de honor, y la ciudad de Viena, esa capital "depresiva" que no había querido abandonar en toda su vida, le otorgó la dignidad de ciudadano honorario.

   Ahora bien, instalado en la cumbre de la fama, en 1933, los nazis quemaron públicamente sus obras y en 1938 se anexionaron Austria, Freud, que contaba 82 años y padecía un cáncer en la mandíbula en estado muy avanzado, debería de haber huído, pero permaneció en su vieja casa de la calle Bergasse número 19. La respuesta de la Gestapo fue confiscar sus bienes, destruir sus libros y apoderarse de la editorial que regentaba su hijo. Cuando quiso escapar, los nazis exigieron un rescate de 250.000 schillings, dinero que fue pagado por una paciente y admiradora suya llamada Marie Bonaparte. Así mismo debió intervenir personalmente el presidente de los Estados Unidos, Roosevelt, llamando al embajador alemán, y por fin Freud pudo abandonar Austria, rumbo a Londres, en junio de 1938.

   Sin embargo, los días del insobornable escrutador del inconsciente, del nuevo José bíblico capaz de interpretar los sueños, estaban contados. Un año después de establecer su residencia en Inglaterra, ese cáncer que arrastraba desde hacía dieciséis años y del que se había operado treinta y tres veces, acabó con su vida. El día 23 de septiembre de 1939, presa de atroces dolores, logró que el doctor Schur recordara su promesa de ayudarle "a dejar decentemente la vida" y, tras serle adminsitrada una fuerte dosis de morfina, falleció en la madrugada siguiente.




 

Charles Goodyear

(1800-1860)

 

LA DETERMINACIÓN: LA HISTORIA DE CHARLES GOODYEAR

   Cada vez que se compra los neumáticos para un automóvil, se debe recordar la historia que motiva para continuar, terminar, recomenzar o perseverar en los sueños. Tal vez no se compre neumáticos fabricados por la compañía Goodyear, pero sin duda que se los verá en los negocios; y cuando se los vea, se debería pensar en Charles Goodyear.

   Una estupenda biografía de la vida y los intereses de Charles se conoce con el nombre de "Noble Obsession", que al español se traduce como "Noble obsesión", y fue escrita por Charles Slack. Normalmente, cuando se piensa en una obsesión, se lo hace en términos negativos; los diccionarios definen la obsesión como "una preocupación compulsiva". Y Charles estaba completa y compulsivamente preocupado por lo que era el objetivo de su vida.

   Pero Charles Slack dice que su obsesión era "noble" por una razón: él creía que Dios lo llamaba para solucionar un problema científico en particular. Era simplemente un hombre apasionado por lo que creía que era su propósito en la vida. Por esa razón,  se tiene mucho por aprender de su historia.

   "Goodyear" es, por supuesto, la compañía de neumáticos Goodyear Tire and Rubber Company, fundada en Akron, Ohio, donde tiene su planta central. Pero Charles Goodyear no fue el fundador de la compañía Goodyear. En realidad, ni siquiera descubrió el caucho como producto natural. Los navegantes europeos que vinieron al Nuevo Mundo, Colón, Cortés y otros, se dieron cuenta que los nativos utilizaban una sustancia gomosa, que goteaba de los árboles de la selva.

   Sin embargo, Charles Goodyear fue el eslabón entre la materia prima, pegajosa e inservible, y los neumáticos de los automóviles, la suela de las zapatillas, la goma de borrar y las bandas elásticas que, sujetan los paquetes.

   Cuando los hombres de negocios europeos se enteraron, que el caucho podía usarse como agente impermeabilizante y se le podía dar diversas formas, para hacer zapatos y salvavidas, invirtieron considerables sumas de dinero... hasta que volvió el clima caluroso y la goma se ablandó, volvió a su estado pegajoso y perdió la forma. La "fiebre del caucho" de 1830, acabó tan pronto como comenzó. Varias compañías de caucho que entraron en el negocio, se fundieron y los inversionistas perdieron millones de dólares. La conclusión fue que el caucho no servía para nada.

   Charles Goodyear no estaba tan seguro de ello. Siempre andaba desarmando máquinas e inventando cosas, y la curiosidad lo incitaba a saber, por qué el caucho no podía moldearse, para resistir la temperatura y mantener su forma. Entonces, en 1843 comenzó la odisea que consumió el resto de su vida. Gastó todo el dinero que tenía en miles de experimentos fallidos. Vendió los muebles de su familia y la loza para conseguir dinero. Varias veces fue encarcelado por no pagar sus deudas. Pero nunca se rindió.

   Finalmente, en el invierno de 1839, le llegó la suerte. Mezcló caucho con plomo blanco y azufre y descubrió que el sulfuro hacía que el caucho mantuviera su forma, aún cuando se recalentaba. Había descubierto el proceso conocido como vulcanización, la base de la industria moderna del caucho.

   Pero la fama y la fortuna todavía le eran esquivas. Pasó los siguientes años perfeccionando el proceso mientras, al mismo tiempo, se enfrascaba en litigios contra quienes alegaban falsamente haber inventado la combinación entre el caucho y el azufre. Él y su familia vivieron constantemente al borde de la ruina financiera, hasta que murió en 1860. Y cinco años más tarde, la patente que finalmente le otorgaron, expiró, y su descubrimiento pasó al dominio público.

   En 1898, Frank y Charles Seiberling crearon una fábrica de caucho en Akron, Ohio, y la llamaron Goodyear Tire and Rubber Company, en honor a su inventor. Usaron su descubrimiento y comenzaron a fabricar neumáticos para bicicletas y la novedosa industria automovilística.

   La historia de Charles Goodyear es poderosa. El hombre fue la determinación personificada; tenacidad pura. Pero lo más interesante es la relación que tenía con su pasión y con su propósito. 

 

A continuación te presento un archivo de audio, que empleo como método de autosugestión positiva, en honor a los genios de la historia. Puedes hacer clic en el siguiente enlace para escucharlo:

 D3 Genios 2011



Esta página fue creada el 23 de Septiembre de 2002.

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